Lluis Alabern

De LTM Machina

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Arxiu Aire/JC


Mediocre en poco, brillante en nada.
(Texto revistado del original publicado en 1998 en el Dossier Arte en Acción).


Acudiría tal vez a una cita de John Berger para iniciar este breve recorrido por las motivaciones que hicieron de la performance un campo de trabajo afín a mis intereses artísticos. Cito de memoria: “Un suceso provoca una idea. Y la idea, al confrontarse con el suceso, le lleva a ir más allá de si mismo y representar la generalización que la idea lleva consigo”.

Una performance es en esencia un suceso. Algo que acontece en un marco denominado artístico y que básicamente remite a una cuestión de identidad del sujeto. Así al menos lo entendieron los padres del arte de acción, o así lo creí hallar en aquellos primeros silabeos dentro de mi carrera artística. Con sus propuestas perform ticas pretendieron aquellos, poner en tela de juicio todos los valores considerados pilares de la institución llamada Arte, pero también pusieron en funcionamiento un mecanismo de autocrítica, de instigación del sujeto denominado artista, de crítica a la Cultura. En cualquier caso aquello pasó, y quizás lo que el plausible lector de estas líneas esté buscando, más que una soflama historicista o psicoanalítica, sea una respuesta al porqué del arte de acción en los 90. Sólo puedo explicar los porques de una experiencia personal, aunque no creo que eso explique los pormenores de aquellas vivencias colectivas. Algún día valdría la pena que alguien echara un vistazoatento e intentara desmadejar los detalles que conformaron el último suceso artístico grupal vivido en estos lares hasta la fecha.

La performance irrumpió en mi deambular artístico a finales de los ochenta. En aquel momento, mi acusado diletantismo me llevaba a desplegar un interés radial por casi la totalidad de las expresiones plásticas que conocía. Siguiendo patrones de conducta del ya entonces caduco Arte Conceptual ( a mi entender, ese movimiento tuvo su época, su lugar y su final), encontré en el campo de la acción un vehículo a través del cual centrar mediáticamente mis dispersiones. Así fue al menos, durante la primera mitad de la década de los noventa. Bajo la etiqueta de performance, podía incluir fenómenos plásticos, reflexiones espaciales, injerencias socio-políticas, rozando siempre lo pluridisciplinar (tan en boga en aquellos primeros años). Aquellos ejercicios performáticos pretendían asir una cierta libertad creativa, bien es cierto. También obviar los circuitos establecidos, legitimar los descuidos formales, hacer del proceso un fin en si mismo. Algunos de los que utilizábamos la performance en aquellos momentos, sospechábamos que no hacíamos nada nuevo, que nuestros padres habían agotado casi todas las posibilidades de expresión de la disciplina. Con todo, en Arte, cuando todo parece que ya está dicho es cuando se empiezan a decir cosas interesantes. La utilidad básica de aquellas propuestas consistían en permitirnos interrogar sin tapujos a todos los ponderables de la actividad artística, al sujeto, al entorno cultural (tan marcado todavía por las dinámicas alzistas de los ochentas), y en llevar todo eso a cabo por vericuetos de lateralidad sin enfrentarnos cara a cara al Sistema.

Ahora ya no hago performance. La parateatralidad del fenómeno, tema este que siempre ha traído cola entre los performers que pretendían establecer los límites de su actividad exclusivamente dentro del Arte, acabó por diluir mi interés directo por la ejecución de la acción frente a un público. No ocurre así con la acción en si misma. Todo mi trabajo actual bebe de las fuentes del arte de acción y del Arte de Concepto. Aunque se centra en la plasmación gráfica del suceso tamizado a través del sujeto. El acto, no hace falta provocarlo pues vivimos rodeados de sucesos- vendría a decir la máxima que centra mis conciertos. Lo único a lo que puedo aspirar es a captar esos acontecimientos que transcurren, a ordenarlos, numerarlos, archivarlos, a interrogar a través de ellos. Toda esa manera de construir mi propio mundo, se la debo a los balbuceos artísticos que surgieron en colaboración con los performers de los noventa, innegablemente. A veces hecho mucho de menos la frescura de aquellos años, las veladas, las discusiones, los nublados intentos de consensuar un manifiesto, los fanzines, las cenas, las borracheras, los flirteos. Pero aquella poesía pasó sin que prácticamente nadie tuviera tiempo de asirla.


Lluis Alabern.

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